viernes, 2 de abril de 2010

Guerrilleiros: Vida y muerte de Foucellas

Mosquetón de Foucellas, en el Museo Militar de A Coruña

Carlos Fernández (A Coruña)

La leyenda que acabó en el garrote vil


"Si no te pones nervioso no te haré daño", le dijo Mariano a Benigno tras tocarle suavemente la nuca con las yemas de los dedos. Mariano, como buen verdugo, sabía que una buena incisión del garrote vil causaba la muerte en pocos minutos, que era lo que deseaba para el famoso guerrillero Benigno Andrade, «Foucellas», de cuya ejecución se cumple medio siglo el próximo miércoles.

Benigno había nacido el 22 de octubre de 1908 en Cabrui (Curtis) en un lugar denominado As Foucellas, del cual tomaría el nombre. Fue a la escuela primaria, en donde aprendió las cuatro reglas y otras nociones elementales, y muy joven comenzó a trabajar en Curtis en las faenas del campo. También lo hizo en una lechería. Los vecinos le recuerdan como un joven alegre, simpático, extrovertido, amigo de divertirse en ferias y bailes.

Posteriormente trabajó en las minas de carbón de Fabero (Ponferrada), retornando después a Curtis, en donde se casó con la joven María Pérez, española nacida en Argentina, que trabajaba en casa del médico del pueblo, Manuel Calvelo. Tuvieron dos hijos: Josefa y Sergio, que dado el trabajo de su madre estuvieron recogidos en casa de una tía de aquella en Maside.
Casa natal de Benigno Andrade "Foucellas" en Cabrui (Curtis)

Benigno entró a trabajar luego en el depósito de maderas de Torres, siendo entonces cuando simpatizó con la célula comunista de Curtis, que dirigía el doctor Calvelo y su esposa Isabel Ríos, funcionaria de Hacienda.

La Guerra Civil 

Cuando el 20 de julio de 1936 se produjo en Galicia el alzamiento contra la República, Benigno se encontraba en Curtis. Su ardor en defensa del gobierno le hizo enrolarse en una columna que se dirigía a A Coruña para ayudar a los resistentes, pero, ante la imposibilidad de hacer algo práctico, se dio media vuelta en el puente Pasaje y retornó a Curtis. Ya en casa, y temeroso de las represalias a que se podían ver expuesto debido a su participación en varias requisas de armas en Fisteos y de dinamita en la estación de Teixeiro, Benigno, como otros compañeros suyos, se echó al monte. Cayó víctima de un ataque de difteria y estuvo refugiado por la zona de Curtis durante toda la guerra con la ayuda de los habitantes de la comarca. En esta época de fuxido fue llamado a filas y declarado prófugo por no presentarse a hacer el servicio militar, apareciendo el clásico bando de «busca y captura» por los ayuntamientos de la comarca.

Foucellas, Guerrillero

No fue hasta 1941 cuando la Guardia Civil le supuso al frente de una partida de guerrilleros que operaba por la zona de Sobrado–Arzúa y que estaba mayormente formada por prisioneros republicanos escapados de unidades disciplinarias instaladas en Galicia. Benigno -recordará Isabel Ríos- tenía una ayuda importante en su hermana Consuelo, que le servía de improvisada espía gracias a su trabajo en el Cuartel de la Benemérita.

Años después, parece que en el 43, se unió al grupo del guerrillero denominado teniente Freijo de Lugo. Actuaban mayormente en la zona de Curtis y Ordes e iban bien armados. La mayor actividad de Foucellas parte, como la de toda la guerrilla, del triunfo de los aliados en la guerra mundial. Un ejemplo de sus famosos golpes de mano se produjo en febrero de 1945, cuando se le atribuyó la muerte del cabo de la Guardia Civil Manuel Bello, en Curtis.

No tardó el “guerrilleiro” en tener problemas, y, a primeros de marzo del 45, Benigno se hirió fortuitamente con su propia arma. Sabedora del hecho, la Guardia Civil se desplegó por toda la zona, pero sus compañeros consiguieron llevarlo a A Coruña para que fuese operado en el sanatorio de San Nicolás, en plena plaza de Vigo.

Aún convaleciente, Foucellas fue trasladado a una casa del barrio de Monelos, en donde permanecería seis meses. Durante esta época, el guerrillero tenía el desparpajo de asistir al estadio de Riazor para presenciar partidos del Deportivo, de quien era ferviente seguidor, especialmente del guardameta Acuña.

En enero de 1947 ya estaba en la lucha de nuevo. En la parroquia de Olos, intervino en unos hechos en los que resultaron muertos Antonio Mosquera y Manuel Sánchez. Sin embargo, pronto cambió la zona geográfica de sus actuaciones debido a las discrepancias con sus compañeros de partida Gómez Gayoso y Seoane. La muerte de Manuel Ponte, en abril del 47, hizo que Benigno marchase a Pontevedra como jefe de la Quinta Agrupación.
Dibujo de Luís Seoane (1971) dedicado al guerrillero Manuel Ponte

Los tiempos se tornaron dificiles para la guerrilla y el 6 de noviembre de 1948 fueron agarrotados en A Coruña Seoane y Gayoso. El olfato de Benigno se demostraría cuando se libró, en octubre del 49, de la encerrona que la Guardia Civil le tendió a Riqueche, jefe del destacamento Cortizas, y en el que cayeron numerosos guerrilleros, Requeche incluido.

Mínima actividad
Esta caída masiva hizo que durante los años 50 y 51 las actividades de Foucellas fuesen mínimas, y provocaron su traslado a la zona de Betanzos en donde se mantuvo con la única compañía de Manuel Villar, Manolito, un joven que le era muy servicial. La Guardia Civil fue estrechando el cerco hasta que el 9 de marzo de 1952 se produjo la detención definitiva, cuando estaba en Costa (Oza de los Ríos). En la lucha habían resultado muertos Manolito, otro guerrillero y un guardia civil. Benigno, que resultó herido en la pierna, fue detenido con dos compañeros más. Sin embargo, en los periódicos no se publicó ninguna información de los hechos. Sólo al día siguiente apareció una esquela del guardia civil Cesáreo Díez en la que se decía: «Falleció el día 9 del actual en acto de servicio».

Una tortura refinada: La tortura de remover un hueso astillado

«Hábil interrogatorio» es la frase tópica bajo la que se enmascara la tortura. La practicada a Benigno fue ciertamente refinada. Dado que cuando le detuvieron, un balazo le había producido fractura de un hueso de la pierna, le quitaron el vendaje que le aguantaba el hueso fracturado y comenzaron a removerlo.

En medio de severos dolores, el guerrillero empezó a «cantar». A pesar de que Isabel Ríos quiere presentarlo como inasequible a la delación, lo cierto es que poco tiempo después de su captura fueron detenidos varios alcaldes de la provincia de A Coruña, así como personas de derechas, acusadas de proporcionar ayuda al guerrillero capturado. Foucellas no creía que le fuesen a condenar a muerte o, caso de hacerlo, no pensó que lo ejecutasen, pues ya se estaba en los años cincuenta y España quería dar la impresión de normalidad interior.

El 26 de junio de 1952 tuvo lugar en la Agrupación de Sanidad Militar de A Coruña la vista en consejo de guerra de la Causa 53/52. Presidió el tribunal el coronel de Ingenieros Gaspar Herraiz; siendo vocal ponente el capitán auditor Narciso Alonso; fiscal el teniente Balbino Teijeiro y defensor el capitán de Artillería Benito Rivas Pichel.

Benigno entró en la sala apoyado en un bastón y una muleta debido a la cojera de su pierna derecha. Los periodistas que cubrieron la información para los diarios locales le presentaron como «hombre de 43 años de edad, bajo de estatura, delgado, vistiendo discreto traje azul, zapatos oscuros y camisa blanca, mostrándose tranquilo y animado conversador».

Recordará Orestes Vara, redactor de La Voz: «Antes de empezar el juicio y cuando Foucellas, custodiado por la Guardia Civil, estaba esperando, pedí permiso para hacerle unas preguntas. Le encendí un pitillo y, con permiso de los guardias, se lo ofrecí.

–¿Cómo están los ánimos, Benigno? –le dije–.

–Me parece que esto está ya decidido.

–¡Hay que animarse, hombre!

–No puedo. Yo de aquí ya no salgo con vida.

Por su parte Emilio Merino, redactor de El Ideal Gallego (posteriormente fue redactor jefe de La Voz), también asistió al juicio señalaría: «frente a aquel aldeano que antes de la guerra conoció en Curtis mi mujer, se presentaba Benigno como una persona madura, despierta, cultivada, cualidades que demostraría en el juicio».

El Juicio
A las diez y diez dio comienzo la vista, ordenando el presidente la lectura del apuntamiento. Tras narrar el episodio de su detención, se pasó a las declaraciones de Foucellas ante el juez, manifestando aquel que el 23 de julio de 1936 huyó al monte porque debido a sus antecedentes izquierdistas temía represalias de algunos elementos de la comarca. Dijo que permaneció aislado hasta 1945 en el que se unió a otros bandoleros, habiendo cometido numerosos asaltos. Respecto a las muertes, reconoce haber participado en algunas de las imputadas, pero que no había sido el autor material de las mismas.

Añadirá el redactor de La Voz: «Foucellas contestaba con voz segura, expresándose con facilidad, si bien con modismos de típica fonética rural». Calificó el fiscal a Benigno como «el mayor criminal de cuantos en estos últimos años se han sentado en el banquillo» y añadió: «Las tragedias griegas quedan pálidas comparadas con lo que se ventila aquí. Aquello eran abstracciones estéticas; hoy nos encontramos ante hechos reales integrados en una espantosa cadena de delitos, que constituyen páginas funestas en la historia de la sociedad».

Concluyó pidiendo para el procesado dos penas de muerte, aparte una indemnización para los herederos de las víctimas y las cantidades sustraídas. Seguidamente intervino el defensor, que dijo que no podía juzgarse basándose en suposiciones sino en hechos, remarcando finalmente: «Benigno Andrade no ha cometido personalmente ningún delito de sangre. Pasó además un año alejado de toda actividad terrorista tras ser operado en A Coruña. Su único delito es haber formado una partida de bandoleros. Es un ladrón vulgar al que hicieron ingresar entre los bandoleros y lo hicieron testigo de sus fechorías. La fama que ha adquirido no está justificada por los hechos».

Veredicto: pena de muerte
A continuación, el presidente del Tribunal dijo al procesado si tenía algo que alegar. Benigno se puso en pie y manifestó: «Solamente quiero decir que espero del Tribunal que me haga justicia. Nunca disparé sobre ningún ser humano y si lo hice obligado fue al aire. Creo que está muy claro que en nombre de Foucellas ha habido muchos atracos y que los seguirá habiendo. En el año 45, estando en el sanatorio, todos cuantos hechos se hacían eran en nombre de Foucellas. Pido otra vez que se me haga verdadera justicia». El Tribunal se retiró posteriormente a deliberar, tras lo que emitió su esperado veredicto: pena de muerte.

Recuerdos de un compañero de celda.
¿Cómo fueron las últimas horas de «Foucellas», al que se ejecutó el 7 de agosto?
Un valioso testimonio lo aporta el guerrillero Couto Sanjurjo, que posteriormente sería condenado a muerte en consejo de guerra, aunque la pena le fue conmutada, y que entonces ocupaba una celda de la prisión coruñesa próxima a la de Benigno Andrade.

Couto se presentó espontáneamente a comienzos de los años 90 en la redacción de La Voz: «Yo, en realidad, a Benigno no le conocía personalmente hasta que le ví en la cárcel de A Coruña en la primavera del 52 (a su mujer, en cambio, sí la conocía de Ordes). Salíamos al patio de la prisión muchas veces juntos. El iba con muletas, pues no estaba recuperado de la herida que le produjeron los disparos de la Guardia Civil el día de su detención. Tenía un pie cinco centímetros más bajo que el otro y le había tratado el doctor Gómez Ulla, médico militar (...) Benigno tenía metido en la cabeza que lo iban a matar. Nosotros nos enteramos de la confirmación de la sentencia la noche anterior (lo mataron al día siguiente a las seis de la mañana). Había llegado Mariano, el famoso verdugo de Burgos y le aplicaron garrote vil.

Varios oficiales de la prisión estaban en contra de la ejecución, pues creían que ya no era época de seguir matando a la gente si España de verdad quería ser admitida en el mundo occidental. En la mañana de la ejecución, cuando fuimos a desayunar y pasamos por la cocina, vimos tiradas en el suelo el bastón y la muleta de Benigno. Durante nuestra estancia en la cárcel me pareció una persona con un carácter muy especial. Siempre estaba alegre, o intentaba estarlo. Tenía una personalidad atractiva y se hacia querer. No era, sin embargo, inteligente, como Ponte, por ejemplo.

Antes de morir le fue permitido a Benigno ver a su familia. Fue la noche anterior cuando la Guardia Civil de Curtis llamó a la puerta de la casa donde estaban los familiares, que era la de Fina Brañas, prima de Benigno. No querían abrir, pues temían alguna nueva represalia, pero los guardias insistieron y les dijeron que esa misma madrugada iban a ejecutarlo, por lo que salieron de seguido para la cárcel, incluidos sus hijos Pepiña y Sergio. Horas antes de morir, otorgó testamento ante el notario José Roán Tenreiro.

En cuanto a la ejecución, se desarrolló con normalidad. Benigno estuvo tranquilo y no le planteó a su verdugo Mariano mayores problemas. El único incidente fue un testigo, que casi se mareó cuando al reo se le colocó la capucha. El cadáver fue enterrado en el cercano cementerio de San Amaro.

Muerto Foucellas, entró en la leyenda y pronto su figura fue mitificada. Pero no le mitificó, como a Manuel Ponte, la poesía de Lorenzo Varela o Méndez Ferrín, ni el carboncillo de Luis Seoane, o los libros clandestinos que en París o Sudamérica publicaban los intelectuales españoles.

A Foucellas lo mitificó el pueblo llano y hasta las madres, especialmente las de la burguesía, cuando querían meter miedo a sus niños les decían: «Cuidado, que viene el Foucellas». Los niños de pueblo, en cambio, se iban a los prados o a los montes a jugar al Foucellas, al que en sus casas siempre consideraron como un valeroso y simpático guerrillero.

La carta de la hija de Foucellas a Carmen Franco
Pepiña, la hija de Foucellas, que estaba siendo hostigada continuamente por la Guardia Civil, quien se presentaba en su casa de Curtis a cualquier hora del día o de la noche para hacerla un registro o preguntarla por el paradero de su padre. La niña decía que no lo sabía, aunque si lo supiese no se lo diría pues, logicamente, no iba a delatarla ella misma.

El gobernador, sorprendido por la fraqueza de Pepiña, le dijo que no fuese más al cuartelillo de la Guardia Civil y que ya hablará él con ellos para que no la molestasen. No obstante, siguieron molestándola. A pesar de este acoso, y cuando su padre ya había sido condenado, Pepiña escribió una carta a Carmencita Franco, la hija del Caudillo, en la que muy cortesmente le rogaba que intercediese ante su padre solicitando clemencia para el guerrillero. Carmencita le contestó diciéndole que comprendía su dolor, pero que ella no podía meterse en asuntos políticos y que sería lo que la ley dictaminase. Pepiña no conservará dicha carta, pues la rompió un familiar suyo por temor a que fuese descubierta.

Pepiña y Sergio recuerdan a su padre.

El primer recuerdo que Josefa Andrade tiene de su padre es temprano. Debía de tener cuatro años cuando le vio en su casa de Curtis. «Vino a visitarnos e iba uniformado. Después le vi a escondidas, en el monte y en alguna romería».
También le vi –añade Pepiña– en la vivienda de varios sacerdotes e incluso en la casa de un teniente de la Guardia Civil, en Curtis, y de un brigada del Ejército, en Ferrol, que le ocultaban de sus propios compañeros de armas».


La hija del famoso guerrillero, en una entrevista exclusiva a La Voz concedida en el verano de 1999, tampoco se olvidaba de María, su madre, que había nacido en la Argentina: «La detuvieron cuando iba a Lugo y llevaba una multicopista en una bolsa (era el año 46). Fue encarcelada en A Coruña y al final la desterraron a Tordesillas. Acabó enfermando, de un aneurisma, y fue internada en un hospital de Valladolid. Fuimos a verla y sólo estuvimos con ella unos días, pues no teniamos dinero para quedarnos. Nos fuimos, dejándola prácticamente moribunda y al poco tiempo de llegar a Coruña nos dijeron que había muerto. Yo me fui a vivir con una prima y mi hermano con unos tíos».

El juicio de su padre

La hija de Benigno recuerda el juicio de su padre: «Yo estaba en la sala, junto a mi prima. Tres bancos más atras de donde se encontraba. Llevaba un traje de chaqueta azul, con camisa blanca. Estaba tranquilo. Cuando escuchaba las barbaridades que decían sus acusadores, movía la cabeza hacia abajo, de un lado para otro, y me miraba como diciendo: pero cómo es posible que digan esto».

El día de la ejecución, el 7 de agosto de 1952, Pepiña estuvo con su padre en la cárcel coruñesa hasta las cinco y media de la mañana. «Estaba sentado en una silla –recuerda–, fumaba y tenía al lado una botella de coñac, que no tocó, a pesar de que yo le dije que bebiese algo. Quería estar sereno cuando le llegase la hora. Después de su muerte, fui con mi prima al cementerio de San Amaro a esperar el cadáver. Allí estuve hasta las dos de la tarde, en que comencé a vomitar y me tuvieron que llevar al médico. Al día siguiente volví al cementerio y me dijeron que mi padre estaba enterrado en el nicho 312. Allí puse unas flores y siempre creí que se hallaba allí hasta que en 1996 nos enteramos que se encontraba en una fosa común».

Viaje a Francia
Seis años después de la ejecución de su padre, Pepiña se fue a Francia. Se marchó con una carta de recomendación que le había dado el cura del pueblo para una monja que vivía en una residencia. Dado el estado en que llegó, tuvo que ser sometida a tratamiento psiquiátrico. «El daño psíquico que nos hicieron nunca lo perdonaré –sigue recordando–. Nos destrozaron la juventud y todo porque una persona tenía unas ideas».

Ya recuperada, Pepiña sirvió en casa de un militar francés, casado con una aristócrata, que la trataron con gran cariño. Después conoció a un joven de Alicante, con el que se casó. Su primera hija la tuvieron en Francia, volviendo más tarde a España, instalándose en la ciudad natal de su marido, donde vive actualmente con sus hijos.

Sergio Andrade, el otro hijo de Benigno, nunca ha querido hacer declaraciones sobre su padre y los difíciles momentos que vivieron él, su hermana y su familia. Sin embargo, hemos podido hablar con él con motivo del cincuenta aniversario de la muerte de su padre. Casado, vive en A Coruña y el año pasado se jubiló en una empresa relacionada con la pesca. «Yo nací -nos dice- dieciocho días antes del comienzo de la guerra civil del 36». «A mi padre –añade– le acusaron de muchas muertes y atracos que él no hizo y así se dijo en el juicio. El abogado que le defendió ya nos advirtió que estaba condenado de antemano. Cuando él se encontraba hospitalizado en A Coruña, muchas muertes que se producían se las seguían atribuyendo a él».

Sergio también estuvo con su hermana visitando a su padre poco antes de que le ejecutasen: «Fueron a buscarnos a Curtis de noche los guardias civiles y estuvimos en la cárcel con él hasta las cinco y media de la mañana. Era una sala que estaba llena de gente entrando y saliendo. Antes, mi padre había hecho testamento. Le vimos muy sereno y su única preocupación era que no nos hiciesen nada a nosotros».

«A mi padre le habían prometido que no nos molestarían y que podríamos ir donde quisiéramos, pero bastante después de su muerte, mi hermana quiso ir a París a ver a una prima y se le negó el pasaporte, aunque posteriormente se lo dieron».

Sergio, igual que Josefa, reconoce que sufrieron mucho, dolor que aumenta cuando se tienen pocos años y se encuentra uno solo, o con pocas ayudas, frente a un mundo hostil. «Fueron tiempos difíciles –añade–. Es mejor olvidarlos, aunque a veces sea difícil hacerlo».
* Extractado de La Voz de Galicia.

Una fosa en Teo acoge los restos de 4 guerrilleros

Fernando Franjo (Santiago de Compostela)

El prisma de la historia convirtió en fechorías o hazañas sus acciones que, en cualquier caso, aún hoy, medio siglo después, se cuentan en voz baja. Las crónicas hablan indistintamente de maquis o guerrilleros, que sobrevivieron entre el año 37 y el 52 en un número que se calcula entre 5.000 y 6.000 con el monte como medio natural.

Algunos estudiosos les han bautizado como "los hombres de monte". Los datos apuntan que sólo 500 huyeron de España, y, evidentemente, ni Galicia ni por supuesto la comarca de Santiago fue ajena a esta actividad de la lucha guerrillera que a veces se confundió con la huida para la supervivencia.

Sin duda, el nombre propio fundamental de la lucha guerrillera en Galicia es Benigno Andrade García, más conocido como "Foucellas", el escapado más famoso de que pervive en el elenco popular por su trayectoria clandestina marcada por su evasión de la Guardia Civil. Foucellas tuvo las características que lo convirtieron en mito: astucia, valentía e intuición para sobrevivir con una dosis añadida de temor popular pese a lo cual creó poco a poco una infraestructura clandestina de ideologías diversas.

El grupo conocido como Os Foucellas fue cercado en diversas ocasiones. Las crónicas constatan que el 9 de abril de 1948, el grupo sufrió una emboscada en el Pazo de Oca de la que sólo se salvaron Foucellas y Ricardito, uno de sus lugartenientes. Los otros seis murieron. Existen testimonios que recuerdan como a los pocos días, el grupo huyó hacia el municipio de Teo. Se sabe que rondaban la aldea de Mallos, en Lampay, y hay constancia de que visitaron la casa de Manuel Rial y de Maximino García para pedir comida y ropa. Fueron sorprendidos bajo un alpendre en Loureiro por la Guardia Civil y tras un enfrentamiento con la muerte de un agente fueron abatidos a tiros.

Manuel Currás, que fuera empleado del Ayuntamiento de Teo, acompañado del médico José Raviña Valdés y el juez de Padrón, asistían el 19 de mayo 1948 al enterramiento de cuatro hombres abatidos por la Guardia Civil en el lugar de Loureiro, en la parroquia teense de Luou.

Los nombres de los forasteros —bajo este apelativo figuran en el libro parroquial de la época— son Ricardo Fernández Carlés, de Pontecesures, que era conocido con el nombre de guerra de Barba Roxa; Vicente López Novo, de Ribeira; Manuel Agrasar Cajaraville, de Padrón; y Constantino Menéndez, asturiano de nacimiento y cuyas características responden a uno de los lugartenientes de confianza de Foucellas, que salió ileso de la emboscada. El resto ya forma parte de la historia. Benigno Andrade siguió con su actividad guerrillera hasta que fue detenido y posteriormente condenado a morir a garrote vil el 26 de julio de 1952.

Mujeres en la guerrilla gallega

Francisca Nieto Blanco
Paquina: (Ponferrada) Detenida y encarcelada repetidamente entre 1936 y 1948. Finalmente escapó a Argentina.
Alpidia García Moral Maruxa

Comenzó a colaborar con la guerrilla después de que su marido fuese "paseado". Fue detenida y asesinada por la Guardia Civil.
Consuelo Rodríguez López
Sus hermanos huyeron al monte y sus padres fueron asesinados en 1939. Huyó al monte y permaneció en la guerrilla. Salió de España hacia Francia.
Alida González (Salas de los Barrios, 1915)

Desempeñó un importante papel de enlace. Descubierta en 1945.


El Asturiano
Constantino Méndez, asturiano de nacimiento y uno de los luchadores caídos, fue trasladado como los demás en carro del país al cementerio en el que se les hizo la autopsia. La partida parroquial de defunción permaneció abierta un mes sin que nadie presentase ninguna reclamación. Puede barajarse la hipótesis de que se trate de uno de los principales lugartenientes de Foucellas. El párroco, Manuel Barros, ratificó la defunción el día 20 de junio.

Josefa Andrade, hija de "Foucellas" : "Mucha gente de derechas apoyó a mi padre''
"A lo largo de los años, lo que más daño nos ha hecho son las mentiras que se han dicho sobre mi padre''. María Josefa Andrade, hija del mítico guerrilleiro y radicada desde hace años en Alicante, recuerda una infancia triste y a un hombre vestido de militar en visitas esporádicas al domicilio familiar en Cabrui (Curtis).

"Se ha especulado mucho: algunos han dicho que mi padre fue un bandolero, un vividor''. Pepita recuerda a Foucellas como un hombre justo que contó con apoyos de militares, altos cargos del ejército, guardias civiles e incluso de sacerdotes "fue a ver alguna vez al Deportivo vestido de cura. Mucha gente de derechas le apoyó, muchos se sorprenderían si supiesen quienes han estado en mi casa''.

Pero las visitas de la Guardia Civil se repetían casi a diario: "mi hermano y yo teníamos miedo de todo y el corazón nos temblaba al ver a aquellos hombres con ametralladoras''. Con 12 años, ya huérfana, Pepita se presentó sola en el Gobierno Civil de A Coruña con la única pretensión de que todo aquello acabase. Rompió a llorar y el gobernador civil "me dijo que hablaría con el teniente para que aquello no volviese a pasar''.

El 26 de julio de 1952, Foucellas fue ejecutado en A Coruña "Mi hermano Sergio y yo estuvimos allí hasta minutos antes. "Ni perdono ni olvido''.

Sergio y Josefa Andrade Pérez posan junto el monumento a los fusilados por el franquismo, en el Campo da Rata. (Víctor Echave)

Memoria viva de Foucellas

La primogénita del guerrillero antifascista regresa por primera vez en treinta años a la ciudad en la que éste fue ejecutado para conmemorar el centenario del nacimiento de su padre.

LUI COSTAS. A CORUÑA. Pepiña vive en Alicante, lejos de la tierra que la vio nacer y que tan malos recuerdos le trae. La primogénita de Benigno Andrade García, Foucellas, aterrizó el jueves en Alvedro para participar en los actos en homenaje a su padre que la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica da Coruña ha organizado con motivo del centenario del nacimiento del guerrillero antifranquista gallego más legendario. Dice que lejos de sanar, la herida que le dejó la represión franquista y la pérdida prematura de sus padres se hace cada vez más profunda y por eso no visita Galicia desde hace treinta años. "Ha habido noches en Alicante que cerraba el negocio y me iba llorando por la calle, pensando en todo lo que nos pasó", rememora.

La historia de Pepiña es tremendamente trágica. Nació en 1936, con la Guerra Civil, y su hermano, en 1939, el mismo año en que su padre se echó al monte. Sergio -el más pequeño de los dos- todavía sufre las secuelas de su infancia y cede a su hermana el protagonismo en los actos. "Sufrió mucho", justifica ella.

Josefa Andrade, Pepiña, se reencontró con Foucellas a los cuatro años, cuando volvía a casa tras pasar la tarde jugando en la calle. "Mi madre [María Pérez Mellid] me dijo que podía quedarme un poco más y aquello me pareció rarísimo porque no le gustaba que estuviéramos fuera mucho tiempo". Alertada por el cambio de humor de su madre, Josefa entró en casa mientras ella salía a buscar agua.

Un soldado en la cama

"Cuando vi a un soldado tendido en la cama de mi madre me eché a llorar y empecé a decirle que se lo iba a contar todo a mi padre", relata. El soldado no era otro que Foucellas disfrazado, pero ni él ni su mujer consiguieron convencer a la niña de que su madre no era una adúltera hasta que una vecina medió y le advirtió del peligro que correría el guerrillero si alguien lo delataba. "Desde entonces, empezamos a ir al monte a verlo, pero nunca dije dónde estaba", relata. Y es que la Guardia Civil acosaba a la familia de Foucellas con continuas visitas a la casa familiar de Curtis en las que amenazaba a la mujer y los hijos del fugitivo.

María Pérez Mellid cayó antes que su marido por tenencia de propaganda comunista y fue encarcelada durante casi un año. Luego, la desterraron a Valladolid y sus hijos tuvieron que repartirse en casas de familiares. Fue así, con sus parientes, como recibió la noticia de la detención de Foucellas, el 9 de marzo de 1952, y la visita de la policía que la llevó hasta la cárcel de A Coruña para despedirse de su padre. Ayer, junto al monumento del Campo da Rata, rememoró aquel momento: "Cuando llegamos, había dos oficiales del Ejército, un sacerdote y un notario y mi padre nos dijo: ´Estad tranquilos, hoy me van a ejecutar´. Teníamos 16 y 13 años y nos echamos a llorar", recuerda Pepiña, que aún hoy, a sus 72, tiene grabadas las últimas palabras de su padre: "Muero por mis ideas y por defender la libertad y a un gobierno legítimamente elegido. Yo no lo veré, pero vosotros sí, ojalá España entera pueda vivir en libertad". Al amanecer del 7 de agosto, fue ejecutado a garrote.

Pepiña perdió al año siguiente a su abuela y se exilió en París, donde sufrió una fuerte depresión como consecuencia de una infancia de soledad y sufrimiento.

"Soy de la misma ideología que mi padre, pero no juzgo a la gente por sus ideas. El rencor es más un sentimiento de la derecha que de la izquierda" dice. Es de las que defiende la causa de Garzón contra los crímenes del franquismo: "Los que se oponen o no son seres humanos o tienen miedo de lo que hicieron".



La hija de Foucellas regresa a Galicia para los actos del centenario de su padre
Homenaje al mito guerrillero.

EL PAÍS - 23-10-2008


PAOLA OBELLEIRO - A Coruña - Como toda buena leyenda, el misterio, la fábula y las anécdotas, ciertas o inventadas, alimentan el mito de Foucellas, Benigno Andrade García, el más célebre de los guerrilleros antifranquistas en Galicia. En vida ya era famoso, personaje popular mitad héroe, mitad bandido, antes de ser detenido, condenado a muerte y ejecutado a garrote vil en la cárcel de A Coruña el 7 de agosto de 1952. Foucellas llevaba 16 años burlando la represión franquista, huido en el monte coruñés, entre Ordes y Curtis principalmente.


En el centenario de su nacimiento, el 22 de octubre de 1908 en la pequeña aldea de Mesía (A Coruña) de la que tomó su nombre de guerrilla, As Foucellas, el mito del maquis gallego será recordado con charlas (en Curtis hoy y mañana en Ordes) y una ruta (el sábado) por los escenarios principales de una vida casi de ficción. Unos actos con los que la Comisión por la Recuperación de la Memoria Histórica quiere rendir homenaje a toda la resistencia antifranquista.


"Yo luché por la libertad, no la veré pero vosotros sí, seguid ese ejemplo, el de vuestra madre", María Pérez Mellid, fallecida años antes, desterrada y sola en Valladolid. Fue el último mensaje de Foucellas a sus dos hijos adolescentes, en la madrugada de su ejecución. Una noche trágica, en una sala de la cárcel abarrotada de oficiales del Ejército y curas, recuerda Josefa Andrade, Pepiña, la hija mayor del guerrillero. "Mi padre estaba sentado ante una botella de coñá y una copa, y yo le suplicaba que bebiese, quería que se emborrachase para no sentir, pero él no quiso, quería estar sereno". Su última voluntad fue pedir un notario para hacer constar que era el único culpable, que sus hijos eran inocentes y rogar que no sufrieran represalias. "Y así fue, tras su muerte nunca más nos molestaron".


Pero nada ni nadie podrá jamás borrar el "trauma" de Pepiña, profundamente marcada por el acoso constante de la Guardia Civil en sus primeros 16 años de vida por tener un padre fugitivo, el hombre más buscado por los franquistas que veía de vez en cuando a escondidas, y una madre desterrada también por roja. Un matrimonio de origen humilde que se metió en política, fundando la célula comunista de Curtis, de la mano del médico del pueblo, Manuel Calvelo López.


La hija de Foucellas aún no sabe cómo va a reaccionar cuando regrese hoy a Galicia para a este fin de semana de homenaje a su padre. Desde que se fue en 1957 a Francia y luego a Alicante, la tierra de su marido donde reside, Pepiña sólo volvió hace más de 30 años para el entierro de la tía que la crío. "Hay que ver el daño que nos hicieron, era oír la palabra Galicia y me ponía a temblar, por el dolor. Estuve ingresada en un psiquiátrico en París con una depresión nerviosa causada por este trauma infantil", cuenta.


Su testimonio no sólo es el de la hija del mito sino la de una víctima que ni olvida ni perdona. Con 12 años, huérfana de madre y con su tía encarcelada por haberle sido encontrada una carta de Foucellas, Pepiña se fue sola a ver el gobernador civil de A Coruña para suplicarle que la dejasen en paz. "Estaba desesperada, cuando llegué ante ese señor de pelo blanco, don Fernando Hierro, me pusé a llorar tanto que no podía hablar. Nunca olvidaré lo cariñoso que fue".


Josefa Andrade, de 72 años, rememora con todo detalle a aquel hombre que le prometió protección; la detención de Foucellas en Oza dos Ríos el 9 de marzo de 1952, tres años después de la caída masiva de la guerrilla gallega; el cuartel de Betanzos donde fue torturado -"me dijo que le movieron un poco la pierna", herida de bala y fracturada-; el juicio en el que su padre fue condenado tres veces a muerte "como el mayor criminal de los últimos años" pese a no tener delitos de sangre; la carta que envió rogando clemencia a la hija del dictador, Carmen Franco, y su contestación de que no podía "meterse en asuntos políticos".


Pepiña no olvida, "ni a quien hizo el mal ni a quien hizo el bien". "Muchos curas escondieron a mi padre, muchos de derechas le dieron cobijo y comida. Y también un teniente de la Guardia Civil, al que años después fui a visitar para darle las gracias por lo que hizo por mi padre".



Josefa Andrade Pérez: "Le ofrecí coñac a mi padre para anestesiarlo antes del garrote vil"

ALBA TALADRID • ORDES - Hija de O Foucellas, el emblemático guerrillero antifranquista ejecutado en A Coruña en 1952. Con doce años, un padre fugitivo en el monte y una madre deportada a Valladolid, se presentó sola ante el gobernador civil de la capital herculina para pedirle que terminase con el acoso que sufría de la Guardia Civil.

Recuerda haber pasado su niñez, su adolescencia y su juventud sola. "Siempre sola". Acompañada, eso sí, del desgarro emocional de una familia reventada por la Guerra Civil y la represión franquista.

Josefa Andrade, Pepita, cometió el error por el que pagaría toda su vida, ya antes de nacer. Ser fruto del amor de una mujer valiente y un hombre comprometido con los valores de la libertad y la República, o Foucellas. Con este apodo, cedido por su aldea natal, en el municipio de Mesía, fue conocido Benigno Andrade, uno de los más emblemáticos activistas de la guerrilla antifranquista gallega, "la más incisiva y duradera de España", según el historiador Bernardo Máiz. O Foucellas, nacido en 1908, fue uno de los hombres del monte, que, entre toxos y zulos, "no sólo huían de la represión del franquismo sino que luchaban por la causa del pueblo, por la libertad", según su hija.
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ALBA TALADRID • ORDES



Recuerda haber pasado su niñez, su adolescencia y su juventud sola. "Siempre sola". Acompañada, eso sí, del desgarro emocional de una familia reventada por la Guerra Civil y la represión franquista.

Josefa Andrade, Pepita, cometió el error por el que pagaría toda su vida, ya antes de nacer. Ser fruto del amor de una mujer valiente y un hombre comprometido con los valores de la libertad y la República, o Foucellas. Con este apodo, cedido por su aldea natal, en el municipio de Mesía, fue conocido Benigno Andrade, uno de los más emblemáticos activistas de la guerrilla antifranquista gallega, "la más incisiva y duradera de España", según el historiador Bernardo Máiz. O Foucellas, nacido en 1908, fue uno de los hombres del monte, que, entre toxos y zulos, "no sólo huían de la represión del franquismo sino que luchaban por la causa del pueblo, por la libertad", según su hija.

La batalla de su padre supuso un caro peaje para la familia de Pepita, que quedó estigmatizada por rebelde en un país en guerra, donde todo valía para acabar con el peligro rojo. También separar a una madre viuda de vivo de sus hijos, aún sin cumplir los diez años.

Mujer de sensibilidad extrema y emoción a flor de piel, Pepita mantiene hoy el arrojo que se vio obligada a demostrar sin ser todavía adolescente. "Con seis años, ya sobrehilaba cualquier ropa. Mi madre se había encargado de que yo aprendiera a leer y escribir y también a coser", recuerda. El empeño materno fue su vía de escape cuando el enfrentamiento fratricida la dejó "sola en el mundo". "Mi madre fue desterrada a Valladolid, donde murió después. Mi hermano se quedó con unos tíos y yo con mi abuela, una mujer maravillosa, pero que también murió. Entonces me puse a coser por las casas. Tenía 12 años y me ofrecía en casas buenas para coserles la ropa. Ellos me daban 10 pesetas y la comida", cuenta la hija de o Foucellas.

Tal vez fue el imprescindible instinto de supervivencia o la falta de miedo de quien cree no tener nada que perder lo que empujó a Pepita no solo a seguir adelante sino a luchar por su derecho a ser feliz. Contaba aún doce años cuando se rebeló contra el acoso de la Guardia Civil, que intentaba sonsacarle el paradero de su padre. No fue pensado, pero sabe que lo haría otra vez si se viese en la misma situación. Una mañana paseaba por los cantones de A Coruña "llorando, porque estaba sola". "Entonces en la calle Real vi la parte de atrás del edificio del Gobierno Civil, di la vuelta y me acerque a la puerta", recuerda. Y continúa: "Había allí dos guardias de la Policía que me preguntaron qué quería y respondí que era la hija de o Foucellas y tenía que hablar con el gobernador. Me preguntaron si tenía audiencia... pero yo no sabía ni qué era eso. Aun así, me dejaron pasar. Entonces salió un señor muy alto y dijo que era el secretario y que me pasaría al despacho del gobernador".

La entrada en esta dependencia dejó una nítida fotografía en la memoria de Pepita: "Había un pasillo larguísimo, al fondo una puerta abierta y una foto de Franco colgada en la pared". Pese a lo imponente de la situación, siguió adelante y pidió al gobernador Fernando Hierro que pusiese fin a las acosantes visitas de la Benemérita a su casa. "Vienen todos los días y yo estoy sola, y no puedo más", le dijo.

Conmocionado por las palabras de una niña, Hierro respondió "con un trato cariñoso, muy, muy humano" y puso fin a la situación. "Desde entonces no volvieron a mi casa, iban a la de un vecino y me interrogaban siempre con gente delante", reconoce Pepita.

La comprensión de un alto cargo del franquismo no le resulta tan extraña. "Mucha gente de derechas apoyó a mi padre, muchos se sorprenderían si supiesen quiénes lo acogieron en sus casas", dice, pero también que "muchos decían de él que era un bandolero y un vividor". Para ella era un hombre justo, comprometido, que visitaba a su familia disfrazado "y pasaba la noche con nosotros".


Además lo recuerda como un hombre sereno incluso en el momento de su ejecución. "Mi padre no tuvo la suerte de otros guerrilleros. No murió en un enfrentamiento, lo hirieron en una pierna para luego apresarlo vivo y torturarlo". El 9 de marzo de 1952, o Foucellas era detenido en A Regueira, en Oza dos Ríos. De allí lo trasladaron a la cárcel da A Coruña, donde fue condenado a muerte mediante garrote vil. Sus dos hijos lo acompañaron hasta media hora antes de ser ejecutado.

Pepita lo recuerda marcada por el trauma "que no se pasa con el tiempo. Es más, se agranda". "Yo le ofrecía coñac. Le decía ‘papá, bebe’, con la esperanza de que se emborrachase y estuviese medio anestesiado en el momento en que lo mataran. Para que no sufriera", confiesa. Tampoco ha podido olvidar, pese a haber pasado medio siglo ya, la respuesta de su padre: "Tranquila. No quiero beber, no quiero estar borracho porque muero consciente de que muero por mis ideas y por la libertad, que yo no voy a ver, pero que espero que vosotros, mis hijos, podáis disfrutar algún día".




2 comentarios:

  1. O Foucellas era un escapado natural de Cabriu, parroquia do Concello de Mesía (e non do lindante Curtis). Saúdos e parabéns polo artigo.

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